11

 

OCHENTA PISOS 

La mujer gorda y peluda del circo desafió al mago a que éste no lo encantaría, pero el mago dijo "poc poc" (apoyando el puño sobre la frente velluda de la atracción femenina), y la convirtió en una preciosa osa de peluche marrón con un moño rojo atado al cuello.

El ahora novio de una osa de peluche, quien era una de las cabezas que el domador usaba para demostrar que los leones no tienen aliento tan frondoso – como dicen de los hipopótamos-, habiendo presenciado la transformación con una sonrisa de oreja derecha a hombro izquierdo, le preguntó al mago si era capaz de hacer desaparecer a dos payasos,  a cierto número de perros malabaristas y, por supuesto, al domador.

El mago respondió que él podría enseñarle la forma de hacerlo, pero le dijo que debían viajar juntos a una isla remota del mar Egeo. Allí se encontrarían con un mandril mágico, de nombre Florindo Belgo, quien por 30 dólares y dos kilogramos de bananas con sabor a frutilla, enseñaba ese tipo de artilugio mágico.

El hombre lo pensó durante algunos minutos y, sin decir "tierra vuelve", prefirió entonces realizar una peregrinación con sandalias hawaianas a República Dominicana, haciendo una breve escala en un casino de Punta del Este, Uruguay, donde puso todas las fichas, mitad y mitad, al color negro y al color rojo – pensó que jugando así, al menos saldría hecho - , pero menuda sorpresa se llevó cuando el tirador exclamó:

- ¡Paño verde el 421187 con código de área 02284!

Treinta años después, prisionero de un melancólico aliento felino, este señor regresó al circo, pero el circo ya no estaba. En el lugar, ahora se levantaba un edificio de ochenta pisos.

Sin saber por qué lo hacía, comenzó a contar los pisos.

Al ratón, porque el rato tiene cola corta, y habiendo retrocedido lo suficiente para que sus ojos llegaran al último piso, confirmó diciendo:

- Sí, son ochenta pisos. 

      © Juanca Vecchi

juancavecchi@speedy.com.ar