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Sentí unos ruidos que me despabilaron, entonces pensé en la salida, pero dos golpes sonaron cerca y decidí quedarme quieta.

¿Una pala hundiéndose en mi techo de tierra?

Sin tiempo para responderme, la palada cortó por partida doble: mi intención de escape y mi cuerpito por la mitad.

Imagino que “mi otro yo” fue a parar con las demás lombrices en alguna lata de arvejas.

Desde aquel mediodía me muevo retraída, asustada y todo me altera los nervios.

  © Víctor González

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