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El loco que se cree Napoleón no se cree, de ninguna manera, mucho más de lo que suele creerse el cuerdo. Sólo que el loco manifiesta su presunta condición abierta y desinteresadamente; y el cuerdo la disimula, porque al carecer de la seguridad de que el loco disfruta, teme verse frustrado ante el juicio ajeno.
El loco adopta por fuera el mismo ademán que el cuerdo se presume adentro.
Pero el hecho de que sus inhibiciones le permitan mantener oculto lo que el otro muestra, no significa —ni mucho menos— que no trate, el cuerdo, de sacar provecho explotando, como quien no quiere la cosa, la supuesta condición que el loco despilfarra sin esperar resultados.
El loco es, sin duda, más honrado. Pero no menos cuerdo. O, siquiera, no es menos cuerdo únicamente a causa de las ocurrencias por las cuales el cuerdo lo trata de loco.
Los psiquíatras prudentes no se atreven, ya, a marcar el límite que separa la supuesta locura de la —desde luego que también supuesta— cordura de los hombres.
Y bien: los locos inventan palabras. *
* Se la llama jargonofasia a esta facultad.
El doctor Enrique Mouchet* le oyó decir a una paciente cosas como: señoritas periodicasténicas, dentistas astojacménicas, leyes calusticias.
El doctor Emilio Mira y López** asistió a la confesión de otros demorados en el sentido de que tenían ideas trasmetalizadas y eterimagnetocolubrizadas por el estado helicoidal. Hubo los que afirmaban que eran hidústicos, relipetánicos, carjovéticos o simpulíneos. Otros, aún, se han sentido mixinetizados, teorquizados y veían estrumigencias.
A propósito de estas perturbaciones del lenguaje en la esquizofrenia dicen los psiquíatras que "el sujeto nos produce la impresión de que no siente lo que dice o no dice lo que siente".
Pero es justo reconocer que esa impresión no sólo se recibe oyendo hablar a esquizofrénicos declarados. ..
De pronto el tipo normal hablando con palabras normales a las que el uso o las Academias les asignaron un significado, no dice absolutamente nada o dice lo contrario de lo que piensa o dice, aun, lo que nunca habría querido decir.
Entonces ¿qué se gana con que quieran decir algo las palabras?
Además, en el mejor de los casos, siempre se dice lo mismo: "el lechón de noche es pesado", "ya vendrán tiempos mejores", "no somos nada". . .
El tipo adulto y normal no demuestra la necesidad de decir otras cosas.
En cambio el esquizofrénico, con su regreso al estado del criterio mágico, dispone de asociaciones insólitas y —¿por qué no?— bien pudiera ser que aunque no se produjera, paralelamente, en él, un descuartizamiento del pensamiento lógico, lo mismo necesitara palabras inexistentes para expresar estados o percepciones que no tuvieran precedentes en la historia mental del tipo sano.
* "Psicopatología del pensamiento hablado". Ed. Médico Quirúrgica. Buenos Aires 1945.
** "Psiquiatría". Ed. Salvat. Barcelona 1935.
También el niño, que está más cerca de lo mágico inventa palabra. *
En el terreno poético —el único en que se registra alguna tentativa más o menos honorable de meterle una cuña al horizonte que se aplasta contra el suelo de las horas y levantarlo para contemplar el día 367— no hay ninguna necesidad de entender lo que se dice para desentrañar su sentido.
Dijo Paul Elouard: El cisne de mi sangre se ha comido todas las grosellas del mundo.
Y Federico García Lorca:
Verde que te quiero verde
verde viento. Verdes ramas,
el barco sobre la mar
y el caballo en la montaña.
Y si se dijera:
Pachilitama lifina
cocaringo muningón.
Titocurrita tatina,
papacota bilondina
¡chacharrá colingundina!
Lumitón.
*Entre muchas otras cosas está aquello de
La vieja
virueja
de picopicotueja
de pomponirá.
¿No sería lo mismo?
¿No podría ser esa una solución en tanto que cuando se oye conversar a dos personas tiéntase, quienquiera que atienda, a suponer que con la palabra —signo arbitrario y convencional le llamó Whitney— y, particularmente, con las palabras a las que se les acordó una acepción, ya no puede decirse nada?
—Hola, ¿qué tal?
—Acá andamos. Ya lo ve. ¿Por allá?
—Más o menos. Hoy bien, mañana regular. Pero, nos defendemos.
—Bueno, mientras haya salud. Lo principal es la salud.
—Ah, seguro. Salud hay una sola y una vez que se pierde no se puede comprar con plata.
—Por eso le estoy diciendo.
Uno de ellos se acomoda el diario debajo del brazo. El otro se tira para abajo las puntas del chaleco y hace una pequeña flexión para desincrustarse el pantalón de la entrepierna.
—Parece que se asentó el tiempo, ¿no?
—Hasta que no cambie el viento, no crea. Ahora,
si cambia el viento, sí. Pero yo, a mi, mire, no habiendo
humedad ¿no es cierto? Yo soy una persona que, a mi,
la humedad me voltea.
—Si, claro. La humedad es lo que tiene.
—Por eso le digo.
Y cuando regresan a sus respectivas casas, los dos dicen lo mismo en la mesa: "Hoy me encontré con fulano. Charlamos como una hora de un mundo de cosas".
Es preferible creer que el tipo cuando habla no dice nada –con lo cual sólo se admite la innocuidad de las palabras actuales- que creer que algo se dice al hablar y el tipo no entiende, junto a lo cual habría que admitir una involución hacia el estadio de la bestialidad en el que todavía no se habían inventado las palabras.
Las jitanjáforas podrían constituir un ensayo de solución todavía inédito.
Fué Alfonso Reyes* quien bautizó con el nombre de jitanjáforas a las palabras que no quieren decir nada.
Cita, el ilustre mejicano, unos versos que decía, siendo niño, y cada vez que se enojaba, el poeta Miguel Angel Osorio —que también se llamó Ricardo Arenales, o Porfirio Barba Jacob:
La galindijóndi júndi
la járdi, jándi, jafó,
la farajíja jija
la farajíja fo.
Yáso deigo, déiste, húndio,
dóne sopo don comiso,
¡San alesita!
Revela el autor su impresión de que estos versos debieron ejercer determinante influencia en el poeta Mariano Brull quién, y para que los recitasen sus hijas cuando iban visitas a la casa, componía otros como éstos:
Filifama alabe cúndre
ala olalúnea alífera
alveoléa jitanjáfora
liris, salumha, salífera,
Olivia oleo olorife
alalái cánfora sandra
milingítala girófara
zumbra ulalíndre calandra.
* "La Experiencia Literaria". Losada. Buenos Aires 1942.
Al conocer esa producción, Alfonso Reyes eligió, de entre las otras de tal estrofa, la palabra jitanjáfora, y le puso Jitanjáforas de sobrenombre a las hijas declamadoras de Mariano Brull, para luego, a manera de homenaje, extender la designación de jitanjáforas a todas las palabras con que el poeta componía sus versos.
Por no atreverse a llevar a fondo su reforma —una de las más alentadoras de las registradas en estos últimos milenios— los surrealistas se vieron limitados a decir, como Benjamín Peret: "Los elefantes son contagiosos", "Aplastemos'" con dos adoquines lamisma mosca". "Hay que pegarle a la madre mientras es joven"*
O como Najda, la mujer de André Bretón: "La garra del león aprieta el corazón de la viña".
Teniendo en cuenta que se ha llegado a una altura del desentendimiento en la que nadie pone, ya, atención en lo que va a decir el otro porque calcula, de antemano, que no le convendrá entender No, cabe reconocer que la jitanjáfora sería por lo menos una novedad.
¡Qué alivio se experimentaría diciéndole al semejante "Fucunimbú mamicordión pipotín. ¿Bichauquera? ¡Peñute!
¿Qué quiere decir mamicordión? ¿Qué quiere decir peñute?
Todavía no se sabe.
Pero ya llegará el día en que al salir el tipo a la calle de mañana se la encuentre llena de peñutes y de mamicordiones. Y hasta de jolijántoros.
Más vale que no se deje agarrar desprevenido.
Y, después de todo, decir lo que todavía no quiere decir nada, es aprovechar a decir decentemente aquéllo que, cuando quiera decir algo, ¡quién sabe para decir qué van a decirlo!
* "152 Proverbes mi au gout du jour" |